Me levanto y veo a  mi novio, llego a la oficina y estoy rodeada de hombres, amigos todos, por fortuna, y llevo dentro de mí a un hombrecito. Vivo un embarazo en un entorno varonil y ha sido bien bacano.

Lo mejor sería que uno de ellos escribiera esta entrada, que contaran cómo han soportado mi feria de la hormona, que revelaran cuántas veces he sacado la “carta de la maternidad” para pedirles algún favor conchudo (están contentos porque ya en un mes se me acaba esa excusa), que mi novio contara lo que siente cuando lloro sin saber por qué, pero mientras los convenzo, lo haré yo.

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Empecé a reflexionar sobre el tema el día que me asaltó una duda y quise cuestionarlos. Tengo miedo, entre otras cosas, de romper fuente en un lugar público o en medio de una reunión laboral. Por eso los indagué: ¿Si rompo fuente en la oficina, ustedes qué van a hacer?

-Ah, pues miramos tutoriales de Youtube- respondió uno.

– ¿Y qué van a hacer con el líquido que saldrá de mí?- les dije así, explícitamente

– Pues podemos mantener un trapeador debajo de tu puesto cuando ya estés cerca del día- afirmaron.

Las respuestas me parecieron bastante tiernas. Los que hemos trabajado siempre en oficina sabemos que los lazos que se tejen en este espacio pueden ser tan fuertes como los que se consolidan en el colegio o la universidad. Del trabajo hemos sacado mejores amigos, amores, enemigos, confidentes, amigos de juerga… Muchas veces amamos a nuestros amigos de la vida, de la infancia, pero tardamos días, quincenas, años en verlos porque el mundo laboral te envuelve como una anaconda, y después de tu núcleo familiar, las personas que más frecuentas son tus compañeros de oficina que terminan conociéndote mucho porque viven en tu cotidianidad.

Hago parte de ese porcentaje de trabajadores que gozan el ambiente laboral. Los dos años que trabajé como independiente, desde mi casa, lo único que añoraba era el ambiente de oficina. Sí, soy una oficinista.

Disfruto los cumpleaños, los ponqués, los juegos de amigo secreto, las integraciones, las salidas a almorzar corrientazo, soy una mujer de oficina. Y en la década que llevo trabajando nunca había estado tan rodeada de hombres. Paradójico, justo en el momento de mi embarazo estoy llena de testosterona. Por fortuna, tengo mi gran amiga, Vivi, justo al lado de mi puesto y cuando no está viajando valoro muchísimo su compañía, sus charlas, su comprensión y sus mimos (porque es una consentidora profesional). Y también a Giss, que se plantó hace poco justo enfrente de mi computador de oficina y ha sido otro regalote del 2017.

Así que son los señores los que se enteran de qué vacunas me acaban de poner, los que escuchan mis anhelos, mis quejas, los que soportan mis cambios de ánimo y los que me acompañan a almorzar. Y lo hacen bien. Y no lo digo porque sean condescendientes con la embarazada, lo digo porque me hacen sentir una mujer normal atravesando un proceso natural. Se burlan de mí, bastante, como yo lo hago de ellos, y creería que están aprendiendo también (los que no son papás todavía). Prepárense bellezas, nunca se sabe en qué entorno las va a coger el embarazo.

Los hombres son buenos consejeros, son racionales, son precisos a la hora de hablar y no dan trascendencia a las bobadas que me asaltan con frecuencia; cosa que me ha ayudado a aterrizar las voces de mi cabeza y de mi barriga. Con ellos me siento tranquila y me divierto. Nada mal para un embarazo de primeriza.

Extraño ese combo de mujeres que me ha acompañado toda la vida. Tengo muchas en el chat, a quienes comento lo más bonito que me sucede o lo más caótico, pero no es igual y claro, cuando las veo me conecto inmediatamente con ellas no solo con los temas maternales sino femeninos. Tengo otras que son una especie de oráculo, las que ya han pasado por esto; son las que consulto antes de llamar a la obstetra, mis diccionarios de bolsillo. Y claro, tengo a mi mamá en el teléfono, la mujer que más quiero en la vida, pero está lejos.

Extraño a las chicas a veces precisamente para hacer lo opuesto a lo que hacen los señores:  darle trascendencia a temas de cualquier índole, recordar el pasado con nostalgia, mirarnos y reconocer que estamos pensando lo mismo, hablar de intimidades casi sin filtro, aprender, escuchar. Por eso valoro los momentos en que las tengo cerca y valoro como tesoros a las que tengo cerquita físicamente.

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