No es nada del otro mundo, lo sé, pero para una mamá primeriza cualquier actividad relacionada con un bebé representa un reto, un Desafío 2018 en Gorgona. Así fue mi primer vuelo con mi hijo de tres meses.

La maleta la comencé a alistar como con tres días de anticipación. Lo que usualmente llenaba con ropa, zapatos y accesorios míos fue reemplazado por mamelucos de manga corta, camisetas de manga siza, baberos, cobijas, pañales y pijamas para bebé. Mi parte de la maleta quedó reducida a un rinconcito, no miento, aquí está la prueba, toda una mamá primeriza.

En la pañalera (que es un morral normal, como de colegio) empaqué mi computador y todo lo que pensé que necesitaba para el vuelo: dos mudas de ropa, pañales, pañitos, remedios y una bolsita mágica. Esta:

La planeamos con el papá. Nos pareció una gran idea. Yo iba preparada: si el niño lloraba más de la cuenta yo sacaba mis bolsitas y las repartía a mis vecinos del avión. Te pueden mirar mal si el niño llora (claro, todos lo hemos hecho, unos con más enojo que otros) pero desarmás a cualquier adulto quejumbroso con una bolsita de dulces.

La hora del vuelo llegó. Mis suegros y mi novio me despidieron antes de entrar a la sala de espera. Puse a mi bebé en el cargador que llevaba sobre mi pecho, arrastré el coche y empecé mi aventura. Primera parada las bandas donde revisan la maleta. La guarda de seguridad me indicó:

– Saque el computador de la maleta, desarme el coche y pasé con el niño –

Como el niño aún no se incomodaba por estar en el cargador todo fue relativamente suave. El coche que tenemos es heredado, como muchas de nuestras pertenencias, así que tiene un truco o maña para armarse y desarmarse que solo conocemos mi novio y yo. La desarmada toma unos minutos más de lo normal pero se logra.

El coche que tenemos es heredado, como muchas de nuestras pertenencias, así que tiene un truco o maña para armarse y desarmarse que solo conocemos mi novio y yo.

Segunda parada: la entrada del avión

– Desarme el coche de nuevo y póngalo en la puerta del avión, ahí lo meteremos en una bolsa y se lo entregaremos en la ciudad de destino- comentó la azafata.

Mi hijo ya no estaba en el cargador, porque lo odia y al cabo de 5 minutos se contorsiona tanto que debo sacarlo, así que yo lo sostenía en mis brazos. Imposible desarmarlo con él, así que la azafata tuvo que sostenerlo mientras los demás pasajeros esperaban y yo trataba de desarmar el coche a toda, para que una ráfaga de viento que entraba por el pasillo en que nos encontrámos no llegara hasta mi bebé. Listo. Entramos.

Nos tocó la silla de la mitad. A mi lado izquierdo se encontraba un hombre adulto que apenas percibió el niño en mis brazos suspiró profundo. Sin más preámbulo saqué mi bolsita mágica de dulces y se la entregué. El señor sonrió sorprendido al leer la nota de la bolsa, y me dijo “no es necesario”, yo le hice cara de mamá encartada y novata así que la guardó en su maleta y esbozó una sonrisa más y un “gracias”.

A mi lado izquierdo se encontraba un hombre adulto que apenas percibió el niño en mis brazos suspiró profundo. Sin más preámbulo saqué mi bolsita mágica de dulces y se la entregué.

Más adelante reconocí que su suspiro no se debía a nuestra presencia sino al miedo que le producía volar. Terminé tranquilizándolo con toda la sabiduría aeronáutica que me ha dado mi primo piloto cuando le he consultado por los peligros de volar. A mi lado derecho tuve  una señora  que nunca se despegó de su celular así que no tuve que ofrecerle mi bolsita.

El vuelo transcurrió bastante tranquilo. Daniel durmió todo el trayecto encima de mis piernas y de mi brazo izquierdo, el más afectado. Una vez aterrizamos dejé que saliera toda la gente y me paré con mi hijo alzado en brazos, el cargador sobre mi pecho y el morral en la espalda. Me entregaron el coche en la puerta del avión mojado y desarmado. Lo de “lo guardaremos en una bolsa” resultó falso. Es decir, no podía poner al niño sobre la cunita del coche y tampoco sabía como armarlo con él en mis brazos.

via GIPHY

Nuevamente tuve que recurrir a un auxiliar de vuelo para que lo sostuviera por mi mientras yo lo armaba. Salí del tunel de desembarque empujando el coche con una mano, sosteniendo al niño con la otra y con la cremallera de mi pantalón abajo. Todo esto a 28 grados de temperatura. Para recoger mi equipaje debía bajar unas escaleras. No divisaba ningun ascensor, ni escaleras eléctricas.  Confieso que me faltaron 5 segundos para tirar el coche escaleras abajo pero la voz de un piloto que percibió mi torpeza me salvó:

-Aquí hay un ascensor – me dijo.

Y entré. Sofocada, alterada. Me miré al espejo. Lo primero que percibí fue mi cremallera dejando al descubierto mis calzones, como la caricatura de una madre descontrolada y desesperada. Después mi peinado, una cola de caballo desajustada, o lo que quedaba de ella; como la cola de caballo de una niña que ha sido peinada a las 6 de la mañana por su mamá, con toda la dedicación del caso, y llega a su casa a las tres de la tarde con la misma cola pero desajustada, desarreglada, sudorosa y con mucho friz.

via GIPHY

Lo primero que percibí fue mi cremallera dejando al descubierto mis calzones, como la caricatura de una madre descontrolada y desesperada.

Y luego mi hijo, que clavaba sus ojitos en los míos como diciendo “ ¿mamá, qué pasa?, todo está bien por qué estás tan desajustada”. Eso fue lo que imaginé que me decía con la mirada. Me relajé y sonreí. Mis papás me esperaban en la entrada del aeropuerto, mi niño había sobrevivido sin contratiempos a un vuelo doméstico sencillísimo para él, con un par de obstáculos para mí, pero, sin duda, la que estaba sobredimensionando la situación era yo.

Un maletero me ayudó a bajar mi equipaje de la banda y listo, llegaron mis papás al rescate. Habíamos culminado ese primer viaje. Miré a mi hijo y le agradecí su calma, antídoto para cualquier drama de mamá primeriza.

Miré a mi hijo y le agradecí su calma, antídoto para cualquier drama de mamá primeriza.

Te puede interesar: